Blogless people

    
          A veces me da miedo cuando me presentan a un desconocido, cuando encuentro a alguien por causalidad… Me da miedo por si tuviera que quedarme sólo con el recuerdo. Eso es porque soy una chica de costumbres bastante insanas. Tengo por costumbre tomar cariño, un cariño muy extraño de tan intenso que es, a las personas que un día me sonríen por la calle, o que llaman a mi puerta por equivocar el primer piso con el segundo y luego deciden quedarse conmigo un rato. Nunca se me olvidan los rostros de las personas a las que miro. Las miradas jamás desaparecen. Ni el cariño, por efímero que pueda resultar a otros paseantes. Me da miedo quedarme sólo con el recuerdo.
 
          Apagaste de pronto la luz de tu habitación y desde entonces, To, quedó sonando en mi memoria tu última canción, ya sabes, la más hermosa del mundo. Probablemente no llegues a leer esto y, si lo haces, es posible que te resulte extraño que yo, tan desconocida, te pregunte por tu mudanza de salazones; así que sólo me queda esperar el día en que vuelvas a subir a los escenarios. Quién sabe, quizá llames a mi puerta para avisarme de dónde es esta vez el concierto :) .
 
          Pizy…, buscador, no sé qué ha ocurrido. Estos días ando un poco más triste que de costumbre. Sólo puedo decirte que uno de los factores de mi tristeza eres tú, mi falta de tu lugar, tan lleno de letras y alerts. Ha desaparecido el cartel que señalaba el camino; y temo que haya desaparecido algo más. Dónde voy a pasar la noche, ahora que está cerrado el Hotel Lichis, cuando se pinche una rueda de mi coche en plena madrugada y se me haga tarde para volver a casa. En tu espacio aprendí a no rendirme para seguir buscando un tesoro. No sé qué ha ocurrido.
 
 
 
 
          PD1. En un ataque de valentía extrema, he accedido a que mañana me extraiga el cirujano mi segundo cuarto de juicio molar. Treinta y seis horas, como mínimo, de hemorragia ininterrumpida y dolor penetrante. No obstante, a veces es agradable tener una herida física, abierta y visible. No es bueno que todas las heridas sean intangibles, invisibles y se queden escondidas.

          PD2. Quizá si me doy prisa llegue a ver el final de ‘Sleepers’. Conozco muy bien la historia y podría recitar el guión de memoria. Sólo quiero ver el final. Conozco muchas historias tristes. Ahora busco buenos desenlaces.

          PD3. He aprendido a volar con el viento que sopla tan sólo pa’ verte…

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‘¿Algún día podrías tocar “Para Elisa” por mí?’

          Pobre de Beethoven; le dedicó su bagatela a Teresa y los copistas, por la mala caligrafía del manuscrito, pensaron que escribió Elisa. Me pregunto si Teresa llegaría, algún día, a saber que la obra fue escrita para ella. No quiero ni pensar que Dios tenga también mala caligrafía y que sea por ello que las parcas se confunden y que haya personas que nunca vayan a recibir su bagatela de felicidad dedicada. 

          Pobres de nosotros. 

          De Mayandra ‘für Elise’ y para Bego.

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Y ahora es cuando le pide el doctor al paciente que diga ‘treinta y tres más uno’

 
          Existe el riesgo de que un mal día comprobemos que tenían razón quienes aseveraban que la Biblioteca de Babel no es infinita y que ya no existen más combinaciones de letras para formar nuevos textos; existe, pues, el riesgo de quedarnos sin nuevas lecturas.
 
          Existe un riesgo más probable aún -que se lo digan a Beethoven- de que una persona pierda el sentido de la audición, del mismo modo en que un pianista puede perder una o ambas manos por un capricho macabro del destino; existe, pues, el riesgo de perder la posibilidad de que la música nos acaricie o de que un pianista acaricie la música y pulse la vida con las yemas de sus dedos.
 
          Y porque existen estos riesgos, me ha apetecido dibujarte esta noche un regalo. Durero se lo dibujó a su joven Melancolía; Adrian Leverkühn lo tenía en su gabinete, sobre el piano; y apuesto a que Hamlet y John Dowland -autor de ‘Semper Dowland, semper dolens’- también se sirvieron de ello. Durante muchos siglos ha protegido a todos los nacidos bajo el signo de Saturno; no hay razón, entonces, para pensar que no vaya a surtir el mismo efecto sobre un poeta, un pianista o un doctor en Arte.
 
 
 
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Faint

 
           Adivina, Santo Escondido de la gran fiesta de junio, qué fue lo primero que hice al llegar a casa.
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Querer ser o no ser, ésa es la cuestión

 
          He vuelto a casa y mi unicornio blanco aún huele a vainilla. Y eché de menos a Blossom, que no la dejaron venir, y te eché de menos a ti.
 
          Te he echado de menos y me he dado cuenta una vez más de que no merecen la pena los instantes si no tienes a quién contárselos o con quién compartirlos. Ni un único instante, si sólo es para mí.
 
          Y lamento el vacío que he dejado, incomunicada, aislada en una realidad paralela que nada tiene que ver con las ganas, la ilusión, los perros o el aire templado de la mañana.
 
          Las cosas no han mejorado; no han mejorado lo más mínimo, todo lo contrario, pero al menos me he demostrado que mejorar no depende del dónde, sino del por qué, o mejor aún, del por quién. ¿Sabes? Esto está resultándome tan sumamente complicado que no sé ni dónde apoyarme. Hasta se me hace difícil decidir por qué calles pasar cuando voy a la biblioteca. Todo es difícil, todo: reír, llorar, caminar, comer, dormir, despertar… Despertar es lo peor, sin duda. Y estoy cansada.
 
          He pasado el tiempo haciendo lo único que sé hacer sin arruinarlo todo: recordar. No tenía prisa, así que pasé días y días recordando, viviendo de pasados tranquilos y tardes de verano en el campo cogiendo moras. Y se me escapaban los días y tú te preguntabas dónde estará Mayandra. Y yo ni siquiera sabía salir del estado del recuerdo. Y aún sigo recordando.
 
          Ha sido un verano quieto y muy intenso; tan intenso como que por vez primera y única pude escuchar a mi madre diciendo, en un momento de debilidad, eso que digo yo tantas veces de que la vida es una mierda; tan intenso como que por una noticia de última hora he acabado admitiendo que tenía razón aquel tipo cuando, en cierta ocasión, trataba de convencerme de que el amor casi siempre se evapora y los matrimonios, por regla general, acaban fracasando, y cuando no lo hacen, constituyen excepciones; tan intenso como que justo al día siguiente pude sonreír porque me salvó una bonita magnolia de tres horas en un sofá que absorbe y te traga; tan intenso como que días más tarde me dieron la noticia de la muerte de dos chicas jóvenes; tan intenso y tan quieto todo, mis luchas diarias, que aún sigo recordando.
 
          Y me dedico a recordar porque no me gusta lo que veo.
 
          Ésa es la verdad. Ni estoy bien ni me gusta lo que veo. Y no es cuestión de gafas, que me han dicho hace poco que no me son necesarias. Que nadie me despierte mientras le doy la espalda al mañana. Creo que me he ganado el derecho a no querer ser.
 
 
 
 
          PD. Me ha encantado tu relato de La sandía, mami. Berta y yo te damos las gracias por la dedicatoria. Por cierto, no era yo la que merodeaba, que no tenía acceso a Internet, pero confieso que me habría encantado hacerlo :) .
 
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Trata de…

          …de esto.
 
          Qué paradójico me resulta ver cómo se solapan mis ausencias. No había terminado de relatar los últimos días lejos de casa y ya tengo que volver a irme. Me ha pillado desprevenida, yo tampoco me lo esperaba. Y aún tengo a medias el equipaje. Prometo regresar en cuanto pueda para terminar de contarte lo que te estaba contando.
 
          Definitivamente las zapatillas mayándricas de verano están cumpliendo su papel. Felices vacaciones de un feliz verano.
 
          PD. Vaya. Casi me olvido de la fotografía que tomé para esta entrada de blog  :) .
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Ausencia por partes II

         
          Durante esos días de ausencia me di cuenta de muchas cosas. Algunas te las puedo contar y otras no. Te puedo contar, por ejemplo, que recordé muchos detalles -algunos muy pequeños, muy escondidos- que me han hecho ver el pasado con cierto cariño. No todo fue malo, claro que no; y sopesándolo ahora, desde aquí, 23 años de espera no han sido tantos hasta llegar a darme cuenta de ello. Doy por aprendida la lección. Tomando en consideración que hay quien muere renegando de cada minuto de su vida, puedo sentirme afortunada, lo he visto a tiempo.
 
          Otra cosa que puedo contarte es que me di cuenta de lo mucho que echaba de menos el suelo de madera:
 
         
         
          Me di cuenta también de que sólo mi padre podía hacer esto tras pedirle por teléfono, como condición, que me tuviera preparada una sandía; la bautizamos como Berta:
 
 
          No fui capaz de comerme a Berta. La traje conmigo de vuelta. En el coche se portó regular, preguntando constantemente cuánto quedaba para llegar y dando patadas en el respaldo de mi asiento. Se lo perdono porque es pequeña e inconsciente.
 
          Me dio tiempo, además, durante esos días de ausencia, a sentirme de nuevo como una fugitiva al trepar a escondidas hasta la estantería de la colección de autos antiguos y en miniatura de mi padre; sí, lo confieso, los robé con sumo cuidado durante un rato -como cuando era pequeña- y volví a organizar sobre la alfombra la Gran Ciudad Mayándrica de los Autos Locos. De entre tanto lujo y tanto descapotable, mis favoritos siguen siendo la cucaracha roja y tour-bus londinense. Y el rey de la carretera, el increíble, emblemático y omnipotente tractor de John Deere:

          Al sostener, de niña, ese gran tractor sobre mis manos pequeñas, siempre pensaba que si uno se paseaba por la vida con esas enormes ruedas traseras, no tendría nada que temer. Ahora que mi etapa de crecimiento ya concluyó, está visto que mis ruedas reales son muchísimo más pequeñas; pero todo esto no deja de ser más que un juego de alfombra. Dejo aquí muestra de uno de los barrios de la Gran Ciudad Mayándrica: el Barrio Moruno y su camino rural (sobre una de las alfombras morunas del salón):
 
 
         
          Y a pesar de que mi actual habitación echa en falta sus colores de piñata y su mirada viva, me sigue pareciendo asunto de traición y sacrilegio sacar de su hábitat natural a mi vieja Rana Maxwell. Allí es donde debe permanecer, en la casa de la infancia:
 
 
         
          ¿Hace falta que mencione que mi Rana Maxwell no es una rana cualquiera? Mi Rana Maxwell es el auténtico Maxwell Edison -majoring in medicine- del Abbey Road beatleliano. Desde esta perspectiva se ve con más claridad su silver hammer. Cuidado con Maxwell, nadie sabe de lo que es capaz de hacer con ese martillo y esa peca de plata cuando se apagan las luces de la habitación:
 
  
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