Durante esos días de ausencia me di cuenta de muchas cosas. Algunas te las puedo contar y otras no. Te puedo contar, por ejemplo, que recordé muchos detalles -algunos muy pequeños, muy escondidos- que me han hecho ver el pasado con cierto cariño. No todo fue malo, claro que no; y sopesándolo ahora, desde aquí, 23 años de espera no han sido tantos hasta llegar a darme cuenta de ello. Doy por aprendida la lección. Tomando en consideración que hay quien muere renegando de cada minuto de su vida, puedo sentirme afortunada, lo he visto a tiempo.
Otra cosa que puedo contarte es que me di cuenta de lo mucho que echaba de menos el suelo de madera:
Me di cuenta también de que sólo mi padre podía hacer esto tras pedirle por teléfono, como condición, que me tuviera preparada una sandía; la bautizamos como Berta:
No fui capaz de comerme a Berta. La traje conmigo de vuelta. En el coche se portó regular, preguntando constantemente cuánto quedaba para llegar y dando patadas en el respaldo de mi asiento. Se lo perdono porque es pequeña e inconsciente.
Me dio tiempo, además, durante esos días de ausencia, a sentirme de nuevo como una fugitiva al trepar a escondidas hasta la estantería de la colección de autos antiguos y en miniatura de mi padre; sí, lo confieso, los robé con sumo cuidado durante un rato -como cuando era pequeña- y volví a organizar sobre la alfombra la Gran Ciudad Mayándrica de los Autos Locos. De entre tanto lujo y tanto descapotable, mis favoritos siguen siendo la cucaracha roja y tour-bus londinense. Y el rey de la carretera, el increíble, emblemático y omnipotente tractor de John Deere:

Al sostener, de niña, ese gran tractor sobre mis manos pequeñas, siempre pensaba que si uno se paseaba por la vida con esas enormes ruedas traseras, no tendría nada que temer. Ahora que mi etapa de crecimiento ya concluyó, está visto que mis ruedas reales son muchísimo más pequeñas; pero todo esto no deja de ser más que un juego de alfombra. Dejo aquí muestra de uno de los barrios de la Gran Ciudad Mayándrica: el Barrio Moruno y su camino rural (sobre una de las alfombras morunas del salón):
Y a pesar de que mi actual habitación echa en falta sus colores de piñata y su mirada viva, me sigue pareciendo asunto de traición y sacrilegio sacar de su hábitat natural a mi vieja Rana Maxwell. Allí es donde debe permanecer, en la casa de la infancia:
¿Hace falta que mencione que mi Rana Maxwell no es una rana cualquiera? Mi Rana Maxwell es el auténtico
Maxwell Edison -majoring in medicine- del Abbey Road beatleliano. Desde esta perspectiva se ve con más claridad su
silver hammer. Cuidado con Maxwell, nadie sabe de lo que es capaz de hacer con ese martillo y esa peca de plata cuando se apagan las luces de la habitación: